diumenge, 29 de juny de 2014

Eran gasolina.







Y él observaba la nada
y su café quemaba,
mientras ella le amaba
por debajo aquella mesa
con tanto anhelo que,
con tan solo un suspiro,
seguro que enfriaba el café.

Que ya sabían que olían a gasolina, pero que el amor era como el agua, y que ambas cosas no eran solubles. Prometieron demasiadas cosas antes de que se necesitaran el uno al otro, cosas ya imposibles, cosas que ya carecían de sentido.
Y eran, ellos dos, como dos polos positivos de un imán. Les consumía una relación amor-odio de lo más frustrante. Se querían, se deseaban, se anhelaban, y justo segundos después se querían a matar, se querían a tiros, se mataban a flores. 
'Cosas de la vida' decía y predecía, que tenían y siguen teniendo mil maneras y mil angulos y planos de ser vistas. 
Y que ni Venecia olía tan mal como sus miradas lo hacían. Se olía sofre, se olía (s)odio, estupideces de estúpidos enamorados y frases entre comillas que algún día ebrios pronunciarían. 
Eran como la cabeza y el culo del mundo, el norte y el sur, tan iguales, tan "solo quiero mantenerme entero". 
Tan "todos los demás hacen que me deshaga poco a poco", que si hasta cerrabas los ojos y lo veías todo negro, sabías que eran demasiado iguales como para estar juntos. Tan iguales y distintos que acabarían siendo distantes e inigualables.

Palabras escritas en un pasado viaje a Venecia. Palabras de un pasado que por casualidad y desgracia alguna son mi presente. Y no. No jugaba a adivinar el futuro, pero M, te echo de menos.

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